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Prof. Daniel Chamovitz


11.07.2014  |  06:00 hs.  |  Amigos Universidad de Tel Aviv

Ciencias de la Vida

La Universidad de Tel Aviv trabaja para lograr la seguridad alimentaria mundial: Maná de menú


En 2011 se oyeron los primeros estruendos de lo que sería una singular revolución israelí, cuando el aumento incesante del queso cottage, parte infaltable de la dieta israelí, puso en marcha un boicot por parte de los consumidores que con el transcurso del verano se fue transformado en protestas callejeras que giraban en torno a una amplia variedad de asuntos económicos. 

De acuerdo con el profesor Daniel Chamovitz, director del flamante Programa Maná en Seguridad Alimentaria de la UTA, éste es tan solo un botón de muestra de  cómo, cuando nos enfrentamos al reto de alimentar a la creciente población mundial, se debe tener en cuenta toda una gama de factores.

 “Durante las protestas contra el precio del queso cottage, la gente estaba enardecida porque en Israel, al igual que en la mayoría de las naciones desarrolladas, damos por descontada la disponibilidad de alimentos a precios accesibles”, afirma Chamovitz, reconocido genetista de plantas y director del Centro Maná para la Biociencia de las Plantas de la UTA, además de docente, comentarista científico y autor. Así y todo, afirma Chamovitz, la escasez podría no tardar en figurar en el menú.

            “Hace cincuenta años, la población del planeta rondaba los tres mil millones, y hoy en día orillamos los siete mil millones. Para el 2050 la población va a alcanzar la marca de los nueve mil millones. Vamos a tener que alimentar a toda esta gente en una era de recursos cada vez más escasos, también en materia de tierra, agua y fertilizantes, y tal vez tengamos que lidiar con el desafío del cambio climático. Para producir una cantidad suficiente de alimentos culturalmente apropiados para todos, necesitamos desarrollar una estrategia integrada que combine la ciencia de las plantas y la investigación agrícola con la economía, el derecho, las políticas públicas y las humanidades”, afirma Chamovitz.

            Este enfoque integrado constituye el alma del Programa Maná en Seguridad Alimentaria, lo que pone a esta única confluencia de expertos de la UTA a trabajar en la formación de la próxima generación de académicos y profesionales que se abocarán a temas relacionados con los alimentos. Este programa ofrece estudios de grado, maestrías, doctorados y una escuela internacional de verano, todos los cuales se dictan en inglés. Las becas otorgadas por el Centro Maná para las Biociencias de las Plantas facilitan la incorporación al campus de estudiantes de otros países. Asimismo, la asignación de capital inicial para emprender proyectos especiales les permite a los graduados israelíes llevar adelante investigaciones relacionadas con la seguridad alimentaria en el exterior.

            El objetivo, a grandes  rasgos: ir al grano, y multiplicarlo, gracias al liderazgo israelí en materia de seguridad alimentaria.

Maná caída del cielo: La conexión Gates

Lograr esta meta acaba de convertirse en un objetivo algo más sencillo, gracias a la alianza que se acaba de forjar con la Fundación Bill y Melinda Gates, la fundación benéfica privada más grande del mundo. Dedicada hoy en día a apoyar la investigación sobre el trigo en el Instituto para la Mejora de los Cultivos de nuestra casa de estudios, la fundación Gates también colabora con la UTA a la hora de contactar personas y organizaciones que trabajan para reforzar la seguridad alimentaria en África. Ya contamos con un científico ugandés especializado en trigo, quien bajo el patrocinio de la Fundación Gates, se unirá al laboratorio de la UTA.

            “La Universidad de Tel Aviv es la única en Israel, y una de las pocas del mundo, que promueve la creación y difusión de estrategias prácticas en materia de seguridad alimentaria basadas en un verdadero enfoque académico e integral”, asegura Chamovitz. “La actividad de investigación, de la que participan muchos de los departamentos de la UTA, y no únicamente el de las ciencias de las plantas, es lo que alentó a Bill Gates a colaborar con nosotros.”

Exportando los conocimientos técnicos israelíes

Además de acercar a científicos extranjeros a la nuestro campus, el Programa Maná en Seguridad Alimentaria les ofrece a los estudiantes israelíes oportunidades educativas en el exterior. Por ejemplo, Yannay Shanán, maestrando en economía, hace poco viajó a Nepal, junto con Mathan Hoffmann, también recibido en la UTA, para evaluar la efectividad de un programa de capacitación dictado por una organización de ayuda israelí destinado a los granjeros locales. “Trabajé en un área montañosa llamada Ramechhap en la que los campesinos cultivan cereales, pero en donde la escasez de fuentes de irrigación implica que muchas parcelas queden sin trabajar y muchos hogares no lleguen a sustentarse por sí mismos”, afirma Shanán. “Evalué el programa de capacitación patrocinado por una ONG israelí que les enseña a los granjeros cómo mejorar el rinde de los cultivos. Se les mostró cómo emplear fertilizantes y pesticidas naturales, cómo operar mini-invernaderos y cómo cultivar plantas que no son nativas de la región, como el trigo. Mi objetivo era diseñar un estudio que sirviera para medir el resultado de esta capacitación y para comprobar si, efectivamente, mejoraba el bienestar de la comunidad lugareña.”

            La investigación de Shanán en Nepal le dio uso práctico a los principios económicos que éste había aprendido en clase. “Fue toda una experiencia elaborar el estudio y colaborar en la recolección de datos que podrían ayudarnos a evaluar el efecto de este tipo de programas en lo que refiere a resultados en seguridad alimentaria”, afirma. “Se dice que uno no termina de entender las economías del mundo en desarrollo hasta que no se 'hunden los pies en el lodo'. Los míos si lo estuvieron y creo que esto tuvo valor educativo en lo personal, y además fue clave para armar el tipo de andamiaje analítico que les va a ayudar a los grupos por venir a hacer intervenciones que tengan efectos mensurables y positivos.”

La ciencia de la seguridad alimentaria

Las fortalezas de la UTA en materia de seguridad alimentaria fueron reconocidas a nivel nacional en mayo del 2013, cuando el gobierno israelí eligió al profesor Hillel Fromm para que éste dirija un nuevo Centro de Excelencia en Investigación (I-CORE) en el área de “Adaptación de las Plantas a un Medioambiente Cambiante”. Este consorcio de investigación apoya en trabajo mancomunado por parte de científicos de cuatro universidades israelíes, de entre las cuales los investigadores de la UTA conforman el grupo más grande.

De acuerdo con Fromm, gran parte del trabajo por hacerse en el I-CORE retomará una vieja aspiración sionista, pero con una vuelta de tuerca: En vez de “hacer florecer al desierto”, la meta de estos científicos consistirá en “hacer que el desierto dé de comer”.

            “Con la vasta mayoría de las tierras cultivables del planeta en uso, es imperativo promover la agricultura en ambientes no convencionales,” sostiene Fromm. “El I-CORE proporciona cinco años de fondos más que bienvenidos a fin de que los investigadores puedan trabajar en el esclarecimiento de los principios científicos básicos que regulan la adaptación de las plantas, principios que después se podrán incorporar a técnicas biotecnológicas innovadoras con el objetivo de incrementar la producción de alimentos.”

            Una extensa carrera dedicada a evaluar cómo se adaptan las plantas a condiciones hostiles convirtió a Fromm en el candidato natural para dirigir el I-CORE. “La autorregulación de las plantas es compleja porque se da como respuesta a una enorme cantidad de factores de insumo, que van desde la longitud de onda de la luz, el calor y el oxígeno hasta la presencia de patógenos”, explica Fromm, quien a modo de ejemplo agrega que la raíz de las plantas ajusta su arquitectura en forma dinámica a fin de que ésta crezca en dirección a las fuentes de agua. 

            “Charles Darwin dijo que la raíz de las plantas es como 'un cerebrito', y tenía razón. Hoy en día el reto consiste en emplear herramientas genéticas modernas para dar cuenta de cómo este cerebrito toma las 'decisiones' que aseguran la supervivencia de la planta”, concluye Fromm.

La sabiduría que proviene de los campos

En la UTA la ciencia de las plantas no se centra únicamente en descubrir nuevas técnicas. También apunta a desenterrar secretos agrícolas del pasado distante.

            “En el transcurso de la historia, los granjeros y los criadores fueron combinando y eligiendo variedades de cultivos con la esperanza de que la hibridización sirviera para producir ejemplares de mejor calidad y rindes más altos”, dice el doctor Assaf Distelfeld, experto en la genética y la genómica del trigo del Departamento de Biología Molecular y Ecología de las plantas del Instituto para la Mejora del Cultivo. “Pero hay un inconveniente: la selección reduce la variabilidad genética. A medida que se fortalecen determinados rasgos de base genética, otros se pueden perder. Nuestro trabajo implica el regreso a variedades de trigo más antiguo, no domesticado, con el objetivo de encontrar aquellos genes relacionados con la calidad y el rinde para reintroducirlos en el trigo que cultivamos a la hora de producir nuestros alimentos.”

Distelfed tiene una amplia trayectoria en el campo de su especialidad. Como doctorando, aisló un gen que controla el contenido proteico de los granos. “Al comparar el trigo moderno con el silvestre, descubrimos que en el primero se da una mutación que provoca un bajo contenido proteico”, afirma. “Sobre la base de esto, patentamos un proceso que aísla al gen que no mutó, y que promueve un alto contenido proteico y por ende un mayor valor nutricional, y lo volvimos a introducir en las variedades modernas”.

            En la actualidad, Distelfeld aplica métodos tradicionales de hibridización así como de mapeo de genes por computación para analizar otro factor cuantitativo: el peso del grano. “Identificamos una región del cromosoma relacionada con las dimensiones del grano, como el largo y el volumen”, afirma. “Más adelante, tenemos la esperanza de asociar el alto peso del grano a genes específicos que se puedan transferir a los cultivos. Tal vez esto no resuelva el hambre en el mundo, pero constituye un pequeño paso en la dirección correcta.”

            Otras de las iniciativas de la UTA en materia de biología de las plantas van más allá de la optimización de los cultivos, y se abocan a lo que Fromm, director del I-CORE, denomina el “tri-lema” de alcanzar el equilibrio entre alimentos, energía y medioambiente. “Para intensificar la agricultura se requiere mucha energía, por lo que se necesitan nuevas fuentes de energía”, agrega Fromm. “Lamentablemente, el combustible basado en la biomasa que se obtiene de las plantas compromete los campos agrícolas que se necesitan para la producción de alimentos. En una de nuestras investigaciones, hecha junto con expertos en agricultura del desierto provenientes de la región del Aravá, estamos analizando el cultivo de árboles de desierto irrigados con sobrantes provenientes de las plantas de desalinización para emplearlos como fuente de biocombustible. Esto constituye un ejemplo de cómo la investigación multidisciplinaria nos permite encontrar soluciones creativas en cuestiones de sustentabilidad, así como de producción de más alimentos”, concluye Fromm.

Derechos y leyes alimentarias

Para cambiar a la sociedad, primero es necesario entenderla. Y es allí en donde entran a tallar los expertos en derecho, humanidades y ciencias sociales del Programa en Seguridad Alimentaria.

            El profesor Eyal Gross de la Facutad de Derecho “Buchmann” cree que “la seguridad alimentaria es el corolario del derecho humano consagrado a acceder a una alimentación y a una nutrición adecuadas, lo que a su vez está intrínsecamente ligado al poder de compra, poder que, en muchos casos, está dictado por el estado.

            “En Israel los habitantes más pobres reciben asistencia del estado, la cual se supone que debe funcionar como una suerte de red de seguridad alimentaria, pero que no garantiza una nutrición apropiada”, sostiene Gross. “Al mismo tiempo, no queremos que el gobierno se haga cargo de proveernos directamente de alimentos ni de dictarnos qué comer.”

            “La ley alimentaria”, agrega, “es un trabajo permanente en todo el mundo ya que todas las sociedades, por medio de sus legislaturas, tribunales y grupos de interés, buscan la forma de llegar a la meta final de consensuar un estándar razonable de poder de compra de alimentos para todos, pero sin que el estado intervenga en forma excesiva.”

            La doctora Yofi Tirosh, colega del profesor Gross en la Facultad de Derecho, afirma que “así como el derecho fiscal promueve el cobro equitativo de los impuestos, el derecho alimentario también es una cuestión de justicia. Pero, agrega, aparte de promover la igualdad económica, “la profesión legal necesita reflexionar sobre cómo la ley define y regula nuestra relación con la alimentación y nuestras elecciones en este área.

            “Por ejemplo, las demandas actuales del mercado laboral hacen que a los padres les resulte más complicado disponer de tiempo para ir a comprar alimentos, cocinarlos en el hogar y sentarse a comer con los hijos. ¿Qué podría hacer el derecho para estimular hábitos alimentarios más saludables y que tengan en cuenta a la familia?

               Citando otro ejemplo, Tirosh señala la exigencia de los Estados Unidos y de otros países de que los productores indiquen el valor calórico de los alimentos que venden. “Esto hace que prestemos atención al consumidor individual como actor informado y racional, pero desvía la mirada de aquellos cambios estructurales que tanto se necesitan en el mercado alimentario. En vez de poner atención  casi exclusivamente en la información, los estados deberían asegurarse de que todas las personas puedan tener acceso a alimentos saludables”, afirma Tirosh.

 

La alimentación bajo la lupa de la historia

La historiadora Amy Singer, de la UTA, cree que para alcanzar objetivos en materia de seguridad alimentaria es necesario comprender el pasado de la sociedad en estudio, en particular su actitud hacia la distribución de alimentos y otros recursos. “La pregunta del millón es siempre: ¿Quién se merece qué y a qué nivel: el hogar, el pueblo, el estado o el imperio? Singer piensa que la respuesta a este interrogante varía con el tiempo, en función de todo: desde el clima y la densidad poblacional hasta la acumulación o pérdida de riqueza.

            La investigación de Singer, sobre las ollas populares de las que se valía el Imperio Otomano para proseguir su política social, es ilustrativa. “Necesitamos preguntarnos: ¿Acaso la seguridad alimentaria constituye una herramienta para adquirir capital político? ¿Es un método para preservar la paz? ¿Es un valor moral o ético? Si comprendemos las actitudes históricas que le dieron forma a una sociedad en particular, tenemos mejores posibilidades de tomar decisiones políticas que van a funcionar dentro de esa cultura y que van a mejorar la vida de las personas.”

            Para darle un toque final a la misión multidisciplinaria en seguridad alimenticia, Chamovitz, director del Programa Maná, pone sobre el tapete la necesidad de una alianza adicional, y muy importante a la vez, entre la biología y las ciencias sociales. “Los biólogos de las plantas necesitan comprender las implicancias económicas de lo que hacen, mientras que los ejecutores de políticas necesitan comprender tanto las limitaciones como el potencial de la biología de las plantas”, afirma. “Si trabajamos en forma mancomunada, podemos impulsar iniciativas en materia de seguridad alimentaria basadas en los descubrimientos científicos israelíes y hacer que funcionen  en sociedades en desarrollo de todo el planeta.”

Reviviendo el desarrollo internacional

Siendo un país pobre en recursos pero que en pocas décadas logró alcanzar un nivel en seguridad alimentaria similar al de los países occidentales, Israel tiene mucho que ofrecer a los países en desarrollo. Y al dar, Israel también se beneficia.

“La diplomacia agrícola es una herramienta eficaz para tender puentes”, afirma la doctora Aliza Belman Inbal, directora de la Escuela de Gobierno y Política “Harold Hartog” y del Programa de Desarrollo Internacional para la Innovación “Pears”. “En las décadas del sesenta y del setenta, Israel era un referente internacional en asuntos de desarrollo, y enviaba cantidades ingentes de asesores agrícolas para trabajar en países agobiados por la pobreza, en especial en África”, afirma, y agrega que Israel estuvo alguna vez en la cúspide del ranking mundial en términos de asesores agrícolas enviados a otros países. “Por desgracia, la ruptura de las relaciones diplomáticas con Israel después de la Guerra de Yom Kipur, así como una reducción sostenida del presupuesto que el gobierno destinaba a la ayuda extranjera, redujo el peso de Israel en este área a una sombra de lo que era.”

A medida que la seguridad alimentaria va ocupando el primer puesto de la agenda internacional, Israel está en condiciones de disputar el título de liderazgo en desarrollo. “Somos la 'nación emprendedora'. Somos talentosos a la hora de encontrar soluciones creativas y somos buenos haciendo las cosas que más necesitan los países en desarrollo, como la agricultura, la administración del agua, la energía renovable y las tecnologías en educación y comunicación”, agrega Belman Inbal. “El Programa en Seguridad Alimentaria de la UTA va a capacitar a personas provenientes de los países en desarrollo a fin de que éstas apliquen los conocimientos israelíes como base para iniciativas creativas una vez que vuelvan a sus países, y además va a poner en contacto a investigadores, empresarios y profesionales israelíes con colegas de los países en desarrollo.”

Belman hace énfasis en que el trabajo en desarrollo no es meramente una cuestión de altruismo agrícola. “Hoy en día, el sector de la tecnología agrícola de Israel apunta casi en forma exclusiva en las tecnologías de punta que precisan los países en desarrollo. Sin embargo, la mayoría de la tierra cultivable del mundo es trabajada por pequeños campesinos de países con ingresos medios y bajos. Al brindar el desarrollo de tecnologías y metodologías agrícolas apropiadas para el mundo en desarrollo, el Programa Maná podría abrir enormes mercados que combinen buenos negocios con buenos actos. El efecto a largo plazo del Programa en Seguridad Alimentaria depende de su capacidad de promover modelos de negocios que combinen la preservación del planeta con la obtención de ganancias.

De acuerdo con Chamovitz, ir al encuentro de los países en desarrollo va de la mano con la idea de “recibir” al mismísimo público israelí.

“Uno de los pilares del Programa Maná en Seguridad Alimentaria consiste en abrirse al mundo, ya que queremos recordarles a los israelíes que, juntos, tenemos la capacidad de volver a ocupar nuestro lugar como superpotencia internacional en materia de desarrollo. “Solamente es cultivable un quinto de la superficie de Israel. Así y todo producimos un increíble 80% de todo el alimento que necesita nuestra población. Es por eso que la excelencia de la UTA y de Israel constituye una fuente de inspiración y la razón por la que ésta debe estar a disposición del mundo entero.”

 

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